“A los 25 años de su lanzamiento, Leo García vuelve al disco que en 2001 acompañó una decisión explícita: asumirse como cantante pop. La celebración permite mirar su trayectoria desde aquello que permaneció reconocible a través de cambios de tecnología, repertorio y formato: una voz y una manera singular de cantar canciones.“

En 1889, Claude Debussy visitó la Exposición Universal de París y escuchó un conjunto de gamelán javanés. Más de un siglo después, David Toop eligió aquel encuentro como punto de partida de Océano de sonido, un libro capaz de relacionar a Debussy con Erik Satie, John Cage, Sun Ra, Lee Perry, Brian Eno, Kraftwerk, Jon Hassell o Aphex Twin. La secuencia dice bastante sobre su método: en lugar de ordenar la música mediante una genealogía estable, Toop sigue sonidos, tecnologías, ambientes y formas de escuchar.

Publicado originalmente en 1995 y editado en castellano por Caja Negra en 2016, Océano de sonido apareció en un momento atravesado por el ambient, la cultura rave, el jungle y las primeras transformaciones de la vida cotidiana producidas por Internet. Toop construyó una historia asociativa donde músicas alejadas en el tiempo y el espacio podían encontrarse a través de la escucha. Tres décadas después, el libro conserva una pregunta especialmente fértil: cuánto cambia la música cuando cambia nuestra manera de escucharla.

Océano de sonido — Caja Negra

El cantante
Leo García recuperó una guitarra que llevaba mucho tiempo guardada. Es la Takamine con la que atravesó una parte decisiva de su carrera, reconocible por los pequeños ángeles pegados sobre la madera y por su aparición en videos y conciertos de aquellos años. Está golpeada, gastada, restaurada. Leo la recuerda con afecto, pero enseguida introduce una observación inesperada: no se considera apegado a sus instrumentos.

“Yo tengo el concepto de que el instrumento es secundario. Lo importante es el indio, no la flecha”, cuenta a Artlab. “Toco mucho los instrumentos, los transpiro, les doy bastante caña. En las giras se golpean, entonces siempre estoy cambiándolos. No me enamoro de los instrumentos.” Hay además una razón musical: cada herramienta nueva lo obliga a modificar algo. “Siento que el instrumento nuevo me permite expresarme de otro modo. Me incentiva y me hace sentir que puedo ser nuevo de vuelta.”

La guitarra reaparece ahora porque los días 16, 17 y 18 de octubre Leo presentará Mar en Artlab. El aniversario recupera uno de los discos centrales de su carrera y también una decisión que García formulaba con particular claridad mientras lo preparaba. Después de años trabajando con canciones, samples y procedimientos electrónicos —una convivencia especialmente visible en Vital, editado en 1999 por Índice Virgen—, su propia figura parecía resistirse a una definición. “No se sabía si era un músico electrónico, si cantaba”, decía a Página/12 en enero de 2001. Su conclusión era terminante: “Necesito sí o sí que Leo García sea un cantante”. Con Mar había decidido llevar esa idea hasta el final: ser un cantante pop.

Vista desde hoy, aquella declaración permite volver al disco desde otro lugar. Las tecnologías alrededor de Leo cambiaron muchas veces; también los formatos, los escenarios y el repertorio. Su voz, en cambio, sigue haciendo inmediatamente reconocible una canción. Y cantar, en su caso, nunca quedó restringido a la condición de autor.

“Cuando hacés una interpretación de una composición de otro autor, en realidad lo hacés porque te gusta mucho la canción”, explica ahora a Artlab. “Algo me dice que la tengo que cantar, como cuando uno se compra un disco y lo canta en casa. Me parece importante hacer una versión libre.”

Entre los ejemplos recientes menciona “Olvídalo y volverá por más”, de Hermética. La aparente distancia entre Ricardo Iorio y el autor de “Morrissey” es justamente lo que le interesa. “La gente por ahí no me asocia mucho con Hermética. Yo descubrí el tema como cualquier otra persona y se me pegaba, se me pegaba. Decía: ‘Este tema lo tengo que cantar con la guitarra’. Me encanta lo que dice, me emociona. Entonces lo agarré y me sale como a mí me sale. No lo pienso demasiado.”

Esa relación con las canciones adquirió otro sentido durante una gira por Europa y Oceanía. Frente a públicos de argentinos que vivían lejos del país, García comenzó a incorporar folklore. “Nadie se imagina que Leo García va a cantar una zamba de Atahualpa Yupanqui. Pero ahí descubrí otro perfil mío: yo empecé cantando folklore.” Recuerda personas emocionadas hasta las lágrimas ante una canción que muchos habían cantado alguna vez en la escuela. “Ahí entendí lo importante que era hacer de portavoz de las canciones de otros.”

Leo habla de ese oficio con una franqueza poco solemne. Puede cantar en Artlab, en un teatro, en un bar o en un casino; puede salir de gira solo con una guitarra (su gran especialidad). “Vivo de esto y me dedico profesionalmente”, dice. Tener distintas canciones “bajo el brazo” forma parte del trabajo: lo llaman, toca, adapta su repertorio y establece una relación con el público que tiene delante.

Mucho antes de que esa práctica incorporara a Hermética o Yupanqui, Mar había puesto la voz en primer plano. La elección era significativa porque no suponía abandonar los recursos que García venía explorando. Guitarra criolla, sampler, programación y manipulación digital convivían dentro de canciones concebidas para una circulación pop. En una entrevista con La Nación de comienzos de 2001, García encontró una definición especialmente sintética para aquella combinación: “música house con guitarra criolla”. También la llamó “pop criollo”.

Asumirse como cantante pop tenía, además, una historia previa. Para entonces Leo llevaba casi una década de recorrido público. Avant Press había editado su primer álbum en 1996; Soda Stereo había interpretado “Cibersirena”, una canción del grupo; Gustavo Cerati había producido las sesiones de un segundo disco, Boutique, que finalmente no llegó a publicarse en aquel momento. Después de la separación de la banda, García editó Vital y participó de la grabación y la gira de Bocanada. Cuando comenzó a trabajar en Mar, su vínculo con Cerati y su lugar dentro del pop porteño tenían ya varios años de historia.

Vital ofrece además un antecedente reciente para estos conciertos. Este año, durante Vuelta, el encuentro organizado por Agencia de Viajes en Artlab, García cerró una parte del programa cantando sobre las pistas de aquel disco. En octubre, la mirada retrospectiva avanzará dos años en su discografía y cambiará de escala: Mar llegará completo al escenario.

Volver
Retomar Mar plantea un desafío concreto: Leo trabaja hoy con recursos diferentes de los que utilizó para grabar el disco. García asume ese cambio como un ejercicio lúdico.

“Me gustan los instrumentos nuevos porque no los sé usar”, cuenta a Artlab. “Al no saber usarlos recurro al modo más simple, a lo básico. Y eso me vuelve a renacer. Siempre estoy buscando nuevos instrumentos, nuevos conceptos, nuevos sonidos. Para mí la vanguardia y la modernidad tienen que ver con una manera de divertirme, de jugar.”

Para estos conciertos quiere respetar Mar sin reproducir exactamente sus condiciones originales. Esa disposición al cambio recorre su trayectoria y, muchas veces, funciona como estímulo para encontrar otras formas de hacer.

Hay una dimensión del disco que García sabe que no puede recrear: el trabajo de Gustavo Cerati. El vínculo venía de antes. Cerati había seguido a Avant Press, trabajado con el grupo y más tarde incorporado a García a Bocanada y a su gira. Para cuando produjo Mar, existía ya una historia de intercambio entre ambos. En una entrevista con La Nación publicada mientras terminaban el álbum, Leo definía a Cerati como “el guía artístico a la hora de cantar y tocar” y describía los meses de gira a su lado como un aprendizaje decisivo.

Hoy identifica con mucha claridad aquello que permanece ligado a ese momento. “Lo que hizo Gustavo no se puede reproducir”, dice a Artlab. “Yo vengo de su escuela.” La memoria de Cerati permanece para él en la producción del disco y en una forma de trabajar: “Él siempre estaba buscando lo nuevo, nunca estaba repitiendo. Y también simplificando”.

El tiempo modificó las condiciones de aquel disco. Las canciones y la grabación permanecen; una de las personas fundamentales de aquellas sesiones ya no está. También cambió quien las canta. Leo García llega hoy a ese repertorio con toda la experiencia acumulada como cantante e intérprete.

Pop
“Para mí el rey del pop es Andy Warhol”, dice Leo García a Artlab. La referencia aparece cuando intenta explicar una palabra que lo acompaña desde hace décadas y bajo la cual reunió músicas que, en principio, podrían parecer muy distantes. Para Leo, pop no designa solamente un sonido. Habla de aquello que una cultura comparte: una canción, una imagen, un objeto capaz de pasar de unas manos a otras, de un ámbito a otro. En la entrevista vuelve sobre una imagen del propio Warhol: una Coca-Cola es la misma para quien tiene dinero que para quien no lo tiene.

Warhol tampoco aparece ahora por primera vez. En 1999, cuando Vital acababa de publicarse y Mar todavía estaba por delante, García ya relacionaba el pop con la industria, la imagen y la circulación. “El pop tiene que tener una forma de packaging musical para que sea pop”, decía a La Nación, antes de trazar una línea que iba de Madonna y Warhol a las latas de sopa Campbell. En Virus y Soda Stereo reconocía esa misma concepción ampliada: música, imágenes, luces y espectáculo como partes de una misma cultura pop.

Dos años después, mientras presentaba Mar, la definición se había vuelto más abarcadora. “Pop significa diversión. Pop es algo inmediato”, explicaba nuevamente a La Nación. Hablaba sin reparos de industria, televisión, radio y alcance masivo en un momento en que buena parte del rock argentino construía su identidad alrededor de otros valores. Para García, llegar al público no contaminaba una canción: formaba parte de su función.

Esa amplitud también operaba sobre sus gustos. En una entrevista con Página/12 podía pasar de la música experimental a Gilda y de Valentín Alsina, de 2 Minutos, a los Sex Pistols. “Siento que hay un hilo conductor, un código común en todo eso”, decía. La respuesta que da hoy a Artlab conserva esa lógica: guitarra, electrónica, folklore, rock o música de baile pueden convivir porque su idea del pop nunca dependió de mantener intactas las fronteras entre géneros.

La insistencia tiene continuidad. En 2014, ante la pregunta de si el pop se había “comido” al rock, García volvía a un territorio deliberadamente amplio: Jesucristo, los Beatles, Andy Warhol, Michael Jackson y los Rolling Stones podían ser íconos pop. “El pop es una abreviación de lo popular”, decía a Infobae.

Miradas en conjunto, esas declaraciones explican bastante bien una trayectoria que puede resultar desconcertante si se la ordena únicamente por estilos musicales. También permiten leer de otro modo su repertorio como intérprete: Gilda, Hermética o Yupanqui dejan de parecer desvíos cuando las canciones son pensadas por su capacidad de ser reconocidas, apropiadas y compartidas.

Hay además una genealogía argentina dentro de esa idea. En 2001 García nombraba a Moris, Tanguito y Litto Nebbia; después a Spinetta y Charly García; y, al llegar a los ochenta, a Federico Moura y Soda Stereo. Consideraba que durante los noventa esa tradición se había dispersado y hablaba de la necesidad de volver a sintetizar algo reconocible como pop argentino. En aquella misma entrevista con La Nación asumía esa búsqueda como parte de su propio trabajo.

Mar apareció en ese contexto. El disco que había decidido presentar a Leo García inequívocamente como cantante también aspiraba a llegar lejos: canciones breves, una estética definida, el trabajo visual de Alejandro Ros y una compañía multinacional detrás de su lanzamiento. “Este es un disco pop. Tiene canciones y la música pop es la que mejor define las cosas, las hace directas”, decía a Página/12 cuando llegó a las disquerías.

25 años no es nada
Mar vuelve también como imagen. Alejandro Ros, responsable del arte original del disco, estará nuevamente a cargo de la dimensión visual de los conciertos en Artlab. La continuidad resulta especialmente pertinente para un artista que desde hace décadas piensa el pop como una cultura en la que música e imagen funcionan juntas. La puesta tampoco buscará reconstruir 2001: Ros anticipó a Rolling Stone un planteo austero, realizado a partir de la propia iluminación de la sala.

Los conciertos del 16, 17 y 18 de octubre tendrán a Fernando Samalea en batería y Claudia Sinesi en bajo, además de músicos invitados. Será la primera interpretación integral de Mar en vivo. La celebración coincide además con la primera edición en vinilo del álbum, aprobada por Leo y con una adaptación del diseño original de Ros para el nuevo formato.

En ese cuadro, la reaparición de la Takamine adquiere otro sentido. Los pequeños ángeles pegados sobre la madera hicieron de esa guitarra un objeto reconocible para quienes siguieron a García durante aquellos años. Como la ceja cortada que durante mucho tiempo formó parte de su imagen, funciona casi como un signo gráfico: alcanza con verla para identificar a Leo. Hay algo profundamente pop en esa capacidad de un detalle para condensar una figura.

La guitarra reaparece, pero Leo no plantea el aniversario como una reconstrucción del pasado. “Yo trato de respetar el disco”, explica a Artlab. Y enseguida resume su posición en cinco palabras: “Hay que ir cambiando. La vida es hoy.”

La frase podría servir como programa para estas tres noches. La guitarra y la estética de Mar regresan; el disco se presenta completo. La ausencia de Cerati marca, a su vez, algo que no puede repetirse. Cuando llega el momento de invitar al público, Leo incorpora esa ausencia a la celebración: “Vamos a celebrar este disco y, por supuesto, también vamos a celebrar a Gustavo.”

Y queda la voz. La que Mar decidió colocar en el centro y que hoy conserva intacta su singularidad, pero con otra profundidad. Leo García canta con una sensibilidad difícil de separar de las propias canciones: fragilidad, alegría, melancolía, deseo; una emoción que puede ser inmediata sin volverse obvia. El tiempo también trabajó ahí.

Las canciones tienen 25 años. La voz que vuelve a cantarlas atravesó ese mismo tiempo. Y acaso sea cierto aquello que se dice de los grandes cantantes: cada día cantan mejor.