"Un recorrido por la filosofía HiFi de Artlab y la sensibilidad que transforma cada experiencia de Círculo."
El viernes por la noche, Círculo volvió a desplegar su ritual en Artlab. Pero más allá de los artistas, hay un protagonista invisible: el sonido. Un sistema HiFi que no busca imponerse, sino envolver, revelar y transformar la manera en que el cuerpo escucha.
Y en esa escucha ocurre algo más profundo: la calidez del sonido de Artlab no se limita a llegar a los oídos, sino que atraviesa el cuerpo, abre sus ritmos. Cada Círculo se convierte en un pasaje: uno sale transformado, más liviano, más afinado. El sonido reconfigura la respuesta del cuerpo y convierte la pista en un espacio de transformación.
Todos los viernes la programación recibe una nueva edición del ciclo Circulo De Sonido. Encontra todas las fechas en este link.

Mientras se escucha un old school como «M-Trax” de Liem & Eddie Ness sutilmente seleccionado por Loló Galparini, Francisco Tricario, técnico de sonido y custodio de esta experiencia, sostiene que la clave está en la transparencia, en “cuidar el audio, que el DJ y el público compartan exactamente el mismo campo sonoro”. Para lograrlo, se tomó una decisión radical: prescindir del monitoreo en cabina, que generaba dos realidades acústicas distintas. La solución fue añadir un pequeño delay en la mezcla de auriculares, compensando la diferencia de arribo respecto al sistema principal. Cada detalle, dice, cuenta para alcanzar los estándares buscados. Es esa devoción por el detalle la que otorga a Artlab su carácter atemporal: una calidez y una textura que evocan el old school, reimaginadas con la precisión contemporánea.
Su rutina comienza mucho antes de que alguien toque. Ajustes minuciosos, chequeos de niveles, recorridas por la sala. Una coreografía invisible que se prolonga durante toda la noche: controlar la presión sonora, realizar correcciones de ecualización, asistir a los artistas ante cualquier eventualidad. Es un trabajo de precisión, pero también de sensibilidad: estar atento a lo que pasa en la pista, no solo en los parlantes. Al mínimo movimiento de un DJ, Francisco está ahí para chequear que todo esté bien. Y en el pase entre Loló Galparini y Dobao se acercó con la misma atención: en los cambios de set suele estar especialmente alerta, porque cada transición abre un nuevo paisaje sonoro. Apenas Dobao tomó el control, la pista se dejó llevar por sus house grooves y funkies, encendiendo otra energía en el ritual.

Esa atención en los momentos críticos es parte de un cuidado mayor que define la identidad sonora de Artlab. El diferencial frente a otros clubes, según Francisco, no se reduce a la potencia, sino a una atención obsesiva por cada eslabón de la cadena: el cuidado y mantenimiento de los equipos, el procesamiento del audio con tecnología de punta, el acondicionamiento acústico de la sala. “Son los detalles los que hacen la diferencia y nosotros tratamos de estar atentos a todos”, resume.
Ese cuidado en definitiva se traduce en una experiencia física distinta. Para Francisco, aquí la escucha se percibe más cálida, dinámica y menos agresiva: “La experiencia es mucho más completa y agradable”, afirma. El cuerpo sale distinto: menos cansado, más conectado.
Solimano lo resume en una frase que se volvió lema: “Es un sonido vintage y es una nueva forma de escucha para la gente.”
Detrás del sonido hay una filosofía: la música no es un fondo, sino el espacio donde todo sucede. En Círculo, ese espacio se convierte en comunidad, en un cuerpo colectivo que vibra al unísono. Más que tecnología, este sistema prolonga una tradición de escucha compartida que va del cine al club y hoy se reinventa en la experiencia HiFi contemporánea. En Artlab, escuchar es habitar un espacio común donde la música se vuelve experiencia vital.



