“Cuando la conciencia entra en contacto con el mundo físico, el sonido deja de ser vibración: se convierte en presencia.”
Para Cristi Cons, ese encuentro es la esencia de su arte. Formado como violonchelista clásico, aprendió a esculpir el silencio y la resonancia con cuerdas; hoy, esa misma sensibilidad se despliega en el diseño sonoro. El sonido no es una herramienta: es un material vivo. Los instrumentos acústicos se transforman mediante la síntesis, las texturas se expanden hasta convertirse en arquitectura, las atmósferas respiran como organismos vivos. Al punto que su pasión por el mismo lo lleva a crear sus propios paquetes de loops, animando a «la gente a experimentar tanto como sea posible, ya que las posibilidades son infinitas».
Su versatilidad para conectar con el público es amplia: sabe exactamente cuándo un minimal, un groovy house o las texturas envolventes del downtempo y el trip-hop deben aparecer en escena, mientras abre espacios más densos que dialogan con el deep techno, sin dejar de lado esos elementos inesperados que imprimen su huella en cada presentación. Tanto en su trabajo como solista como a través de su sello Amphia o los proyectos SIT y Amorf, ha sido una figura clave en la configuración del underground rumano, llevando su visión a audiencias de todo el mundo. Desde los conciertos de música de cámara en la National Music Academy of Bucharest en sus comienzos hasta algunos de los nuevos escenarios más prestigiosos de hoy —Sunwaves, Circoloco, Caprices y fabric— su talento se despliega con naturalidad. No se trata solo de cuidar los detalles en la construcción de sus paisajes sonoros y compartir esa precisión con otros a través de sus aportaciones sonoras, sino también de habitar cada espacio con la capacidad de hacer vibrar la pista de baile durante horas.
La clave está en la sutileza. En su entorno creativo, la tecnología y la intuición convergen, convirtiendo su devoción por el sound design en una práctica de descubrimiento más que de control. Sus colaboraciones con Vlad Caia y Mischa Blanos revelan una búsqueda compartida: crear música que trascienda los géneros, moviéndose con libertad entre la intimidad de cámara y la intensidad del festival.
Este viernes, en el Círculo de Sonido de Artlab, Cristi invita a Buenos Aires a sumergirse en esa filosofía: una velada donde escuchar se convierte en una forma de comunidad y el sonido mismo se convierte en arte. En esta conversación, comparte cómo la curiosidad lo llevó de la música clásica a la electrónica, cómo la tecnología se convirtió en motor creativo y cómo cada colaboración le abrió nuevas perspectivas. Su relato es el de una evolución constante, donde el sonido deja de ser técnica para transformarse en emoción y presencia.
Encontra las entradas de esta edición de Circuo de sonido en este link.

En proyectos como Amorf, el piano y otros elementos acústicos fueron transformados mediante síntesis, efectos y procesamiento para convivir con texturas electrónicas, dando lugar a una arquitectura sonora híbrida. ¿Cómo llegaste a ese universo de diseño sonoro?
Lo más gratificante de las colaboraciones es el intercambio de ideas y energía que surge en cada circunstancia: jams de estudio, posproducción o presentaciones en vivo. Amorf reunió a tres personas con perspectivas musicales distintas, y el puente entre el piano clásico y la música electrónica vino en gran parte de mi amigo y pianista Mischa Blanos, que combina naturalmente esos dos mundos. Vlad y yo complementamos su enfoque con nuestras propias miradas, y la mayoría de las decisiones creativas se tomaban juntos, generalmente en la fase de posproducción. Cuando improvisábamos y creábamos nuevo material, cada uno comenzaba a generar sus propios sonidos y en algún momento todo se unía de manera natural.
¿De dónde viene tu fascinación por la tecnología de audio y la experimentación sonora, y qué sigue impulsando tu exploración constante?
Después de años de tocar y estar rodeado principalmente de música clásica, en la búsqueda de mi identidad empecé a explorar otros géneros hasta llegar a la electrónica, porque probablemente era lo que más resonaba con mi personalidad. Creo que es importante que todos pasemos por ese proceso, porque es parte fundamental de la autoconciencia y la exploración. Como creo que estamos en constante evolución, la curiosidad nos lleva naturalmente hacia nuevos campos. La tecnología de audio era algo que sentía ausente en mi formación musical inicial, y hoy me resulta fascinante tanto desde una perspectiva técnica como creativa.
¿Qué importancia tiene colaborar con artistas que comparten una visión, energía y sensibilidad similar? Pienso en proyectos como SIT con Vlad Caia o Noesis Music Studio con Mischa Blanos. ¿Esas asociaciones creativas ayudan a impulsar tu propio trabajo?
Cada colaboración nos enseña algo nuevo sobre nosotros mismos, sobre nuestro enfoque creativo, y ofrece una perspectiva que quizá nunca hubiéramos descubierto solos. Estoy agradecido por cada proyecto en el que participé, porque todos aportaron algo significativo a mi trabajo y me ayudaron a crecer, tanto en lo creativo como en lo personal.
¿Cuándo deja un sonido de ser un elemento técnico y empieza a respirar como arte?
Cuando inesperadamente genera una emoción, o cuando se combina con otro sonido de una manera que evoca un sentimiento que antes no estaba allí.

Con tu formación en música clásica y violonchelo, y tu afinidad por la improvisación y la producción, ¿te has imaginado componiendo para otras disciplinas artísticas como ballet, danza contemporánea o cine?
Actualmente, estoy en una etapa en la que simplemente quiero explorar y aprender sin expectativas de hacia dónde me llevará, porque las expectativas muchas veces interfieren con el trabajo y el proceso creativo. Intento mantener mi mente y mi corazón abiertos a todas las formas de arte, confiando en que la vida eventualmente me guiará hacia los lugares donde realmente pertenezco.
Tu estudio parece un laboratorio de ideas. Si tuvieras que elegir tres piezas de equipamiento que expandan genuinamente tu creatividad, ¿cuáles serían y por qué?
Lo primero que me viene a la mente es el Cirklon, que es el secuenciador y, en muchos sentidos, el cerebro de mi estudio. Cuando trabajo en una nueva pieza, a veces empiezo con una idea específica, y otras simplemente experimento sin destino definido. Secuenciar patrones musicales es una manera maravillosa de descubrir ideas que probablemente no encontraría tocando directamente en un teclado de piano. Otro instrumento en el que me he sumergido recientemente es el Sequential Pro 3. Lo tengo hace tiempo, pero apenas había explorado sus capacidades. Combina dos osciladores analógicos con uno digital de tabla de ondas, y sus amplias posibilidades de modulación abren un mundo inspirador de diseño sonoro. El tercero sería el Yamaha Motif 08, que descubrí gracias a Mischa Blanos. Aunque lo tengo hace años —y todavía lo uso para practicar mis habilidades de piano bastante rudimentarias—, tiene una paleta de sonidos increíblemente rica que sigue encontrando su lugar en la mayoría de mis producciones.
Entre tus giras en curso, vienes de tocar en Sunwaves, un festival inmersivo de varios días donde la música y la comunidad fluyen como un río perpetuo. Ahora llegas a Artlab, un espacio íntimo con acústica HiFi y cercanía con el público. ¿Qué aspectos del sonido y del entorno te atraen en cada experiencia, y cómo influyen en la manera en que seleccionas y compartes música?
Tocar en ambientes tan distintos, desde Sunwaves hasta Artlab, siempre me da una perspectiva fresca sobre cómo conecto tanto con la música como con la gente frente a mí. A menudo noto tanto las similitudes como las diferencias. Lo que permanece constante es el sentido de comunidad y pertenencia que la música crea. Lo que cambia es la manera en que la gente la percibe. En un gran escenario al aire libre, por ejemplo, donde hace frío, las personas experimentan el tempo y la energía de manera diferente a como lo hacen en un espacio íntimo con acústica cálida y una conexión más cercana entre artista y audiencia. Al final, la música —y el arte en general— se trata de ayudarnos a percibir cosas que de otro modo pasarían inadvertidas.
Como el acrónimo de su dúo SIT (Teoría de la Invisibilidad Lateral) sugiere en una imagen lúdica —una figura delgada vista de perfil que casi se desvanece—, su música juega con lo imperceptible: sonidos que aparecen y desaparecen, texturas que se perciben en los márgenes. En ese territorio, el sonido deja de ser un elemento técnico y comienza a respirar como arte: se convierte en emoción inesperada, en presencia que vibra en lo invisible. Esa es la sutileza que sostiene su obra, un universo donde lo que parecía ausente revela su fuerza y lo intangible se vuelve experiencia compartida.









