"Ibiza fue, y sigue siendo, un lugar de inspiración para todo tipo de artistas."

Ibiza es, probablemente, una de las pocas islas del mundo cuya imagen pública terminó eclipsando parte de su propia historia. Para millones de personas representa el lujo, los beach clubs, las fiestas interminables y el turismo premium. Pero detrás de esa postal existe otra Ibiza, menos visible y mucho más profunda: la que durante décadas funcionó como refugio de artistas, laboratorio musical, enclave contracultural y territorio donde la creatividad encontró un espacio para desarrollarse lejos de las reglas del continente.

En el norte de la isla ese espíritu todavía sobrevive. Allí el tiempo parece transcurrir a otra velocidad, entre pueblos con identidad propia, playas alejadas del circuito masivo y una comunidad que mantiene viva una forma distinta de habitar Ibiza. Desde ese lugar, conversamos con Shams Faure sobre el legado de los Estudios Mediterráneo, el nacimiento del Balearic Beat, la transformación de la isla en la capital mundial del clubbing y el delicado equilibrio entre preservar su esencia y convivir con el fenómeno global en el que terminó convirtiéndose.

Este 25 de julio Artlab desembarca en Las Dalias Ibiza. Encontra las entradas de este evento en este link.

Cuando hoy se piensa en Ibiza, la mente masiva viaja directo al turismo de lujo y la postal prefabricada. Sin embargo, el norte de la isla conserva una energía que se remonta a sus raíces artísticas y místicas. ¿cómo describirías ese contraste entre la Ibiza de vidriera y esa otra Ibiza más rebelde, espiritual y comunitaria que sigue resistiendo?

Ibiza es todo aquello que cada uno quiera que sea. El norte de la isla refleja una cara más relajada, donde todavía se conserva otro ritmo de vida. Tanto quienes vienen de vacaciones como quienes viven aquí experimentan Ibiza de una manera diferente.

Para mí, el norte representa naturaleza, buena gastronomía y algunas de las mejores playas de la isla. Aunque Ibiza es pequeña, las diferencias entre sus distintas zonas son muy marcadas. Es como si cada pueblo tuviera su propia mística, y al final depende de cada uno —y de la energía con la que llegue— descubrirlas.

En 1984, Los Abuelos de la Nada se instalan en los Estudios Mediterráneo y graban «Himno de mi corazón», un disco que rompe el molde en Argentina por su sonido bailable y el uso de baterías electrónicas y tecnología que acá eran imposibles de conseguir. ¿Qué tenía la infraestructura de Ibiza en los 80 que no solo funcionaba como refugio, sino como un verdadero laboratorio de vanguardia técnica para los músicos que venían de afuera? ¿Dejó ese estudio una escuela o un mito real en la isla?

Los Estudios Mediterráneo fueron un auténtico epicentro de creatividad para los músicos de aquella época. La cantidad de bandas y discos que nacieron entre esas paredes es innumerable. Ibiza fue, y sigue siendo, un lugar de inspiración para todo tipo de artistas. De hecho, a día de hoy es uno de los lugares con mayor concentración de estudios de grabación profesional por habitante del mundo.

Para mí, Himno de mi corazón es probablemente la canción más balearic que se puede encontrar dentro del rock nacional. Los lazos de Miguel Abuelo con la isla y los años que vivió aquí están muy presentes en todo ese disco, y especialmente en esa canción. Es una obra que nunca deja de estar vigente: sigue sonando moderna, profunda y completamente actual, incluso en 2026.

Ibiza fue la cuna del Balearic Beat, un fenómeno que más que un género estricto fue una filosofía de libertad total para musicalizar según el clima, el paisaje y el viaje de la pista. ¿Cómo analizás el impacto que tuvo esa escuela de selección tan libre en la cultura global de la música electrónica? ¿Sigue viva esa búsqueda o quedó tapada por el conservadurismo actual, donde los DJs van a lo seguro y mantienen una sola línea toda la noche?

El Balearic Beat y el Acid House son, para mí, los dos movimientos culturales que más han influido en la cultura moderna del DJ. Al menos en Europa y el Reino Unido, la historia habría sido muy distinta si Alfredo no hubiera desarrollado esa forma de mezclar música e inspirado a toda una generación de DJs que, más tarde, se convirtieron en los principales promotores de fiestas y en los primeros superstar DJs.

A día de hoy todavía hay muchos artistas que mantienen vivo el eclecticismo que propone el Balearic Beat. Pero para que existan DJs dispuestos a arriesgar también hacen falta clubbers con ganas de dejarse sorprender. Funciona en ambos sentidos: el DJ prueba, experimenta y sale de su zona de confort, mientras que la pista se entrega sin la expectativa de escuchar un tema concreto o un estilo determinado.

En las grandes discotecas es muy habitual encontrar DJs que simplemente le dan al público lo que el público ha venido a buscar. Ese tipo de interacción deja muy poco espacio para la exploración, la sorpresa y el descubrimiento, que son precisamente algunas de las cosas que hicieron de Ibiza un lugar tan especial.

Durante décadas, Ibiza funcionó como una especie de secreto a voces, una zona autónoma donde los creativos iban a desconectarse del mundo para crear bajo sus propias reglas. Con la llegada de la globalización y la hiperconectividad, ese misterio mutó. ¿Cómo se analiza ese proceso donde un laboratorio tan aislado termina transformándose en el epicentro del entretenimiento global?

En la isla sucede lo mismo que en el resto del mundo. La globalización y el fácil acceso a la música han hecho que todo esté al alcance de cualquiera. Esa democratización del acceso a la información tiene muchísimas ventajas, pero también ha dificultado que puedan desarrollarse escenas locales realmente aisladas del resto. Y esa identidad propia, que durante años fue el ingrediente que permitió gestar sonidos, estilos y movimientos con una personalidad muy marcada, hoy resulta mucho más difícil de construir.

Del mismo modo que la música electrónica se convirtió en un fenómeno global, no es de extrañar que Ibiza, como epicentro de esta industria, se haya consolidado como uno de los mayores referente mundial de la cultura de club y de las fiestas.

Los primeros grandes clubes de la isla no nacieron como corporaciones, sino desde la contracultura; por ejemplo, Amnesia fue fundada a mediados de los 70 por el filósofo Antonio Escohotado, y los discos muchas veces entraban de contrabando para esquivar la censura. ¿Cómo creés que esa raíz tan intelectual, transgresora y rebelde de la noche ibicenca moldeó la cultura global de entretenimiento que conocemos hoy?

En aquella época, la bohemia, el movimiento hippie y la contracultura estaban muy presentes, tanto en Ibiza como en muchas otras partes del mundo, cada una con sus propias particularidades. La noche, el baile y los clubs funcionaban como refugios para los freaks, para quienes no encontraban otro lugar donde sentirse parte de una comunidad.

Hoy queda menos de ese espíritu, tanto en Ibiza como en el resto del mundo. Sin embargo, cada vez veo más eventos y espacios impulsados por una nueva generación que recupera esa inspiración y la reinterpreta con los códigos de su tiempo. No intentan replicar el pasado, sino mantener vivo su espíritu desde una mirada contemporánea.

Probablemente se vivieron un montón de grandes momentos en las Dalias, pero nos gustaría saber si hay alguno en particular que lo tengas más presente últimamente, esos detalles que tengas a flor de piel.

Guardo con muchísimo cariño el recuerdo de la noche en que Laurent Garnier tocó en Akasha después de más de diez años sin actuar en la isla. Fue una de esas noches en las que sentías que estabas viviendo un momento especial.

La primera fecha de Hernán Cattáneo en el formato Garden + Club fue otro de esos hitos en los que sentimos que estábamos haciendo las cosas bien y que el proyecto iba en la dirección correcta.

Cada visita de Sven Väth tiene algo único. Hay una mística muy difícil de explicar que hace que ninguna de sus noches se parezca a la anterior. Siempre ocurre algo especial y esa conexión que tiene Sven con el público de Ibiza convierte cada sesión en una experiencia distinta.