“la acústica urbana no puede seguir siendo un detalle librado al azar.”
Durante décadas planificamos ciudades para ser vistas, hablando de arquitectura, movilidad, iluminación, conectividad, espacios verdes, sustentabilidad o, más recientemente, de inteligencia artificial y transformación digital. Sin embargo, hay una dimensión que sigue ocupando un lugar sorprendentemente secundario en la conversación pública: la experiencia de quienes habitan esos espacios. Esa vivencia no depende únicamente de lo que vemos, sino también de lo que escuchamos; porque al final del día, la tecnología y el diseño tienen que estar a disposición de la emoción y de cómo nos atraviesa el entorno. No se trata solamente de combatir el ruido, sino de comprender que el sonido construye identidad, bienestar, memoria y pertenencia. Así como un arquitecto proyecta la luz o un urbanista define el recorrido de una calle, deberíamos preguntarnos quién piensa cómo se escucha una ciudad. Desde mi lugar, trabajando cotidianamente en la creación de espacios culturales y experiencias inmersivas, veo que la acústica urbana no puede seguir siendo un detalle librado al azar.
Las ciudades también se escuchan. Por mucho tiempo, el sonido fue considerado un aspecto técnico, una variable que se resolvía al final de un proyecto. Hoy empieza a convertirse en una herramienta fundamental para diseñar experiencias, fortalecer el patrimonio cultural, mejorar la calidad de vida y construir espacios más humanos.
Quizás el verdadero cambio de paradigma consista en dejar de pensar el sonido como una consecuencia de la arquitectura para empezar a entenderlo como parte de ella. Tenemos que generar espacios donde el audio y todos los detalles estén alineados con la vivencia de las personas, pensando las ciudades tal como nos gustaría que nos reciban.

La experiencia también es infraestructura
Cuando hablamos de infraestructura, solemos pensar en rutas, puentes, redes eléctricas, fibra óptica o transporte. Sin embargo, rara vez pensamos en la infraestructura que hace posible una mejor vida cotidiana.
La calidad acústica de un espacio modifica profundamente la manera en que vivimos. Una escuela donde los alumnos escuchan con claridad favorece el aprendizaje. Un hospital con una acústica adecuada contribuye al descanso y reduce el estrés. Una estación de tren bien diseñada disminuye la confusión y mejora la orientación de los usuarios. Un teatro transforma una obra cuando cada detalle llega al público como fue concebido. Incluso una oficina puede aumentar o disminuir la concentración dependiendo de cómo fue pensado su entorno.
Si realmente queremos proyectar ciudades con una visión de futuro, esto debe traducirse en políticas públicas concretas. Así como hoy nadie discutiría la importancia de una buena iluminación o de una conexión eficiente a internet, pronto dejaremos de considerar la acústica como un lujo reservado para auditorios o estudios de grabación. Será parte de cualquier conversación seria sobre infraestructura y calidad de vida.
El derecho a un mejor entorno sonoro
Durante décadas, las políticas públicas vinculadas al sonido estuvieron enfocadas casi exclusivamente en controlar la contaminación sonora. Es una discusión indispensable, pero insuficiente.
En distintos países comenzó a consolidarse otro concepto: el del paisaje sonoro (soundscape). La pregunta dejó de ser solamente cuánto ruido produce una ciudad para pasar a preguntarse cómo perciben ese entorno quienes la habitan y de qué manera puede diseñarse el bienestar acústico. Esta investigación sobre la percepción, la escucha y cómo el sonido modifica nuestro estado físico y emocional es exactamente el eje sobre el cual debemos empezar a planificar el territorio.
Ese cambio de mirada quedó plasmado en la ISO 12913, la primera norma internacional dedicada al paisaje sonoro, que propone evaluar el entorno acústico desde la percepción humana y utilizar ese conocimiento para mejorar el bienestar, la salud y la calidad de los espacios públicos, al tiempo que la Organización Mundial de la Salud advirtió que el ruido ambiental constituye uno de los principales factores de riesgo para la salud en las ciudades, asociado con trastornos del sueño, enfermedades cardiovasculares y una disminución del bienestar. No es un detalle técnico, sino una nueva forma de entender la planificación urbana.
Quizás haya llegado el momento de incorporar esta discusión también en nuestras agendas gubernamentales. Diseñar la experiencia sonora de una ciudad no debería ser un privilegio tecnológico, sino una política pública impulsada desde el Estado en articulación con artistas, ingenieros, arquitectos y diseñadores.
La próxima economía creativa
Argentina tiene una larga tradición exportando talento. Música, cine, diseño, videojuegos y producción audiovisual forman parte de una economía creativa reconocida internacionalmente, con todo, una nueva etapa ya comenzó donde las experiencias inmersivas, la inteligencia artificial aplicada a la cultura, la museografía interactiva, las instalaciones multisensoriales y las nuevas narrativas están redefiniendo la manera en que aprendemos, trabajamos, visitamos un museo o asistimos a un espectáculo. Hoy me interpela profundamente el uso de la tecnología a disposición de la emoción; no se trata de incorporar nuevas herramientas solo por estar a la vanguardia, sino de entender hacia dónde va el mundo de la cultura para generar verdaderos vínculos.
La pregunta ya no es si estas transformaciones llegarán, ya están modificando industrias enteras. La verdadera discusión pasa por otro lado. ¿Estamos formando profesionales preparados para liderar estos cambios? ¿Nuestras universidades incorporan estas disciplinas? ¿Existen programas públicos que incentiven la investigación y el desarrollo? ¿Hay laboratorios públicos y privados —esos pequeños oasis de encuentro que cruzan mundos de la cultura— donde artistas, científicos, programadores y urbanistas puedan crear juntos?
Las industrias creativas dejaron de ser solamente un sector cultural. Hoy representan una oportunidad estratégica para impulsar innovación, desarrollo económico y generación de conocimiento desde el sector público y privado.
Ciudades que se recuerdan por cómo se viven
Las ciudades ya no compiten únicamente por atraer inversiones. También compiten por ofrecer experiencias, ya que museos, centros culturales, aeropuertos, parques, universidades, espacios gastronómicos y desarrollos urbanos comenzaron a comprender que cómo se vive un lugar no depende solamente de lo que vemos, sino que empieza cuando entramos y sentimos que todo tiene sentido —la luz, los materiales, la escala, el recorrido y también el sonido—.
Ciudades como Londres, Helsinki y Barcelona ya incorporan estrategias vinculadas al paisaje sonoro como parte de sus políticas urbanas y culturales, entendiendo que la calidad acústica también forma parte de la identidad de un territorio y de la experiencia de quienes lo habitan. En nuestra región tenemos el talento y la sensibilidad cultural para liderar esa misma visión desde la gestión urbana, consolidando en los próximos años aquellas ciudades que logren construir una experiencia integral capaz de desarrollar una identidad más fuerte y una relación más profunda con sus ciudadanos y con quienes las visitan.
La revolución silenciosa
Las grandes transformaciones suelen ser invisibles mientras están ocurriendo. Durante décadas, diseñamos espacios pensando casi exclusivamente en la imagen y hoy empezamos a comprender que escuchar también es una forma de habitar porque el sonido dejó de ser un complemento para pasar a educar, orientar, preservar el patrimonio, mejorar la accesibilidad, reducir el estrés, fortalecer la identidad de un lugar y generar nuevas formas de encuentro.
Quizás por eso la pregunta ya no sea únicamente cómo incorporamos nuevas tecnologías al mundo de la cultura, sino cómo queremos vivir nuestras ciudades durante las próximas décadas, entendiendo que el futuro no se construirá solamente con inteligencia artificial, edificios inteligentes o conectividad, sino que también dependerá de nuestra capacidad para diseñar experiencias más humanas, porque planificar una ciudad implica diseñar cómo se habita y esa experiencia, inevitablemente, también se escucha.
Gonzalo Solimano
Especialista en innovación cultural, creatividad digital y desarrollo de experiencias inmersivas. Director de Artlab.








